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Encuestas en vivo con QR: lo que aprendí frente a 350 personas (y casi todo fue por lo que falló)
Lo que cambia cuando 350 personas contestan desde el celular, y los fallos que se repiten: el QR que no leen, el sótano sin señal y el que vuelve tarde.
Hablarle a trescientas cincuenta personas sentadas en un auditorio es una conversación de una sola vía, por mucho que uno pregunte «¿cómo vamos?» y alguien de la tercera fila asienta. En las conferencias grandes que he dado, lo que cambió eso fue poner a la gente a contestar desde el celular. No porque el resultado de la encuesta fuera muy profundo (casi nunca lo es en una conferencia), sino porque por primera vez sentí que me estaba comunicando con la audiencia y no solo delante de ella.
Les cuento cómo se ve eso desde el escenario. En una de esas conferencias, con unas trescientas cincuenta personas presenciales, lancé las preguntas y las respuestas empezaron a llegar a la pantalla en vivo. Eso me permitió hacer algunos chistes con lo que iba saliendo (el público se ríe mucho más de sí mismo que de los chistes que uno trae preparados), pero también llegar a algunas conclusiones con ellos, a la vista de todos. Sin esa pantalla, lo que hubiera tenido era mi impresión de la sala, que con trescientas cincuenta personas es básicamente la impresión de las cinco primeras filas.
Ahora la parte honesta. Es la que más enseña. Hubo fallos, y los fallos se repiten en casi todas las conferencias (cambia el auditorio, no el fallo), así que vale la pena contarlos con algo de detalle para que nadie los descubra en vivo como yo. Hay gente que no sabe leer un QR, o que tiene la cámara llena de otras cosas y no le abre. Me ha tocado un auditorio en un sótano donde la conexión era malísima. Y siempre hay quien se sale en la mitad (porque contestó un mensaje, porque cerró la pestaña sin querer, porque llegó tarde) y después quiere volver a entrar, justo cuando yo ya estoy en la cuarta pregunta y el QR quedó en la diapositiva del principio.
Puede que alguno piense que eso es pedirle demasiado a una conferencia, y que lo sensato es dar la charla y ya. Lo entiendo, y hay charlas donde no pondría ni una pregunta, porque si el tema no necesita a la audiencia, interrumpirla para votar es puro adorno. Pero cuando sí la necesita, el costo de que falle se mide en personas. Si de trescientas cincuenta se quedan por fuera un diez por ciento, son treinta y cinco personas, que es un salón de clase completo mirando cómo los demás participan.
Así que uno va cogiendo pequeños trucos. Ninguno es sofisticado. El primero es tener un plan B para el que no puede con el QR: un código corto que se pueda escribir a mano y una dirección que se pueda dictar. El segundo, y para mí el más importante, es que el QR esté siempre visible, no solo al principio; la gente se desconecta por error, se sale a hacer otra cosa o llega tarde, y el que quiere llegar a mitad de camino tiene que poder conectarse sin pedir que le devuelvan la diapositiva. El tercero es asumir que la conexión del lugar va a ser peor de lo que dijo el organizador, y probarla desde el último asiento antes de empezar (desde el escenario siempre funciona).
Hay una cosa más que aprendí, y es sobre el tamaño. Con doce personas uno puede preguntar en voz alta y escuchar a cada una (y debería, la herramienta ahí sobra casi siempre), pero con trescientas cincuenta no, y ahí la encuesta deja de ser un juego y pasa a ser la única forma de saber qué piensa la sala, así que las preguntas tienen que ser cortas, de las que se contestan en diez segundos con el pulgar, y el resultado tiene que verse grande en la pantalla. Una pregunta con cinco párrafos de contexto, frente a un auditorio, es una pregunta que nadie contesta.
Lo del QR siempre visible lo resolví en la herramienta que construí, Kai Interact (tómenlo con el sesgo de quien la hizo): la pantalla proyectada lleva el QR y el código en todo momento, no importa en qué actividad estemos, y el que se sale y vuelve entra con el mismo código a la actividad que esté abierta. Es una tontería de diseño, pero es la que más personas me ha devuelto a la conversación.

Me queda la pregunta contraria, y no la tengo resuelta. ¿Dónde está el límite en el que la encuesta empieza a estorbar en una conferencia? Yo creo que es cuando uno pregunta para mostrar la herramienta y no para escuchar a la gente, pero no sé si lo veo siempre a tiempo. ¿Ustedes cómo lo notan?
Nos vemos. Mauro Z.
